miércoles, 9 de agosto de 2017

Regresar al ahora.






¿Dónde buscaba yo a Buda?
¿Dónde me buscaba a mí mismo?
¿En algún lugar del pasado? ¿En el futuro?
Pero el pasado ya se ha ido y el futuro no ha llegado aún.
Pasado y futuro, ambos son ilusiones. Sólo son ideas.
Sólo el presente es real.
Sólo el ahora es real.
Por eso he de regresar al ahora si quiero realmente ver a Buda y verme realmente a mí.

Sólo podemos ver a Buda, verte a ti mism@
si regresamos al presente.
Es así de simple.

El ahora es el único momento y lugar en el que puedes encontrar lo que has estado buscando.
Has estado buscando el nirvana.
Has estado buscando a Dios.
Has estado buscando la iluminación, el despertar.
Has estado buscando la Tierra Pura
y tu auténtica naturaleza de no nacimiento, no muerte.

Resulta que todo lo que has estado buscando
está ya en el momento presente.
Y el secreto para encontrarlo es regresar
al ahora.












(Del libro 
"En el ahora. 
Meditaciones sobre el tiempo",
de Thich Nhat Hanh)

lunes, 7 de agosto de 2017

¿Ha llegado ya el instante más feliz de tu vida?








¿Ha llegado ya el instante más feliz de tu vida?
Si ya se ha producido ese instante de plena realización,
de exaltación inspiradora,
una primera vez,
entonces podrá repetirse muchas más veces.

Pero, cómo podemos hacer que un instante así se produzca más a menudo
y, sobre todo, siempre que queramos que aparezca?
Si en los últimos treinta años ese momento no se ha dado,
es posible que no se dé en los próximos treinta,
y quizás nunca lo haga.

No te limites a soñar con ese momento.

El secreto es crearlo por ti mism@.

Cuándo?

Justo en este momento.




("En el ahora".
Thich Nhat Hanh)


















jueves, 3 de agosto de 2017

Atardecer.






Corre un aire fresco y suave.
La luz rezagada en el horizonte.
El templo de la cima de la montaña se ilumina lentamente.
Y la luna crece cerca de su plenitud.
Las gaviotas vuelan sobre el terrado.
Y las cuerdas del tendedero se han quedado vacías.
Los últimos gritos de las criaturas en el parque se unen a los ladridos de los perros.
Y el motor de un coche que pasa.
Y el del ascensor que sube, o baja.

Desde el silencio interior, la vida es bulliciosa
y abundante.
Las noches del verano cálidas, y a veces frescas.

Agosto eterno.
Jueves eterno, de un mes de agosto.
Atardecer eterno.
Instante eterno, aquí y ahora.

Alguien escribió en la taza:
El mejor lugar del mundo es aquí mismo.





viernes, 7 de julio de 2017

Sobre el amor.








Apareció el amor en su vida de una forma tan natural, tan liberadora;
era tan obvio que formaba parte de sí misma, tan sin esfuerzo, como respirar
(inhalar, sin ninguna necesidad de retener el aire, y soltar),
que creyó que ya formaría parte de su vida por siempre,
como una realización estable que permanece en la vida, en la muerte
y más allá.

Pero no fue así.

Lo veía tan claro, cuando formaba parte de su vida,
que el amor era la condición natural.

Qué es lo que queda cuando resuelves cualquier nudo emocional,
como el resentimiento, la rabia, la incomunicación, la culpa, lo que sea?
Qué queda cuando consigues sanar el odio, la ira, la vergüenza...?
El amor.
Siempre encuentras el amor.
Como un telón de fondo estable e inmutable,
siempre que pasa la nube tormentosa vuelves a encontrar el amor.
El alivio, la alegría,
el reconocimiento
de que siempre ha estado ahí.





Y ella sentía que ya había conectado con el acceso directo.
De hecho, ahí estaba, sin puertas ni ventanas,
como un espacio abierto, infinito, inabarcable.

Un amor cómodo y nutritivo,
sin demandas (propias o ajenas),
sin querer cambiar nada ni retener nada.
Sin expectativas, planes futuros o negociaciones.
Un amor cómodo y libre.
Inclusivo.

Solía decir:
El amor se proyecta en todas direcciones,
no puede ser exclusivo ni discriminatorio.
No puedes amar a los demás y no amarte a ti misma
(como a veces oía),
o viceversa.
Llámalo de otra manera.
Porque el amor es una energía que se proyecta en todas direcciones
y lo toca todo,
sin discriminación.





Así es.
Lo sabe bien.
Aun en tiempos de sequía, ella ya sabe lo que es el amor, y lo que no lo es.

La sorpresa fue que desapareciera de su experiencia,
cuando sentía que era tan parte de sí misma como la sangre o la linfa o la piel.
Y sin embargo, la vida continúa,
con una minusvalía u otra.
Como si le hubieran amputado el hígado o el corazón o los pulmones
o los intestinos.
Aun así, este organismo funciona.

Como vivir en un exilio,
con la nostalgia del paraíso perdido.
La cálida noche oscura.





El amor, como el sol, como la luna.
A veces sale (y te ilumina la vida)
y a veces se pone.
Puedes sentir su calor
o no.
Pero nunca dudas de
que está ahí.





miércoles, 5 de julio de 2017

Noche de verano.







Las 2.
Disfrutaba tanto de la noche y de la desnudez del instante que no perdía la consciencia.
Después de un largo rato de contemplación (los sonidos, las tenues luces y sombras, las gaviotas que evocan su partida definitiva,
la temperatura, el verano en la piel, el tacto),
encendió la luz y abrió el libro
"Hacia una espiritualidad de los sentidos"
(José Tolentino Mendoça.
Fragmenta Editorial).

Un instante antes, sumergida en el profundo placer de la noche de verano, anticipó el transcurso de este fragmento de tiempo, los viajes (fin de semana en Esparraguera, la Molina, Donosti, de masovera acompañante en una masía de la Costa Brava), septiembre y el otoño, el invierno, la navidad, el año nuevo 2018.

Repentinamente el vértigo
desapareció
en la experiencia de la presencia inmediata.
Siempre que está profundamente instalada en el instante,
la fascina la eternidad del instante
y sabe que está preparada para la muerte.
La llena de confianza y se esfuman todos los miedos.

Y entonces abrió el libro y leyó:
"Porque el presente tiene también un sentido vertical
que revaloriza el tiempo y lo abre a la eternidad.
Es el tiempo cualitativo, epifánico".

Epifánico, repitió.
Eterno.

Hizo inmersión.





Siguió leyendo:
"Cuando está ausente el amor, nuestra vitalidad hiberna".

Y sobre la atención, "que es lo contrario de la distracción que debilita la vivacidad
de la presencia en el instante mismo".

Tras cada pausa, volvía a la lectura.

Degustó lentamente las palabras de Teresa de Lisieux:

"Mi vida es un instante, una efímera hora,
mi vida es sólo un día volandero y fugaz.
¡Tú lo sabes, Dios mío! ¡Para amarte en la tierra
no tengo más que hoy!".

Y a Etty Hillesum, descubriendo el instante eterno incluso en un campo de concentración:

"La guerra. Los campos de concentración.
Pequeñas crueldades se amontonan sobre pequeñas crueldades...
Conozco el enorme sufrimiento humano que se va acumulando,
conozco las persecuciones y la opresión...
Conozco todo eso y sigo afrontando cada pedazo de realidad que se me impone.
Y, en un momento de desesperación,
abandonada a mí misma,
me encuentro de repente recostada en el pecho desnudo de la Vida
y sus brazos son muy suaves y me envuelven,
y ni siquiera puedo describir el latido de su corazón:
tan fiel como si no hubiera de acabar nunca..."




Y en cada subrayado, un instante (eterno) de quietud,
silencio,
para nutrirse mejor.

"La mística del instante nos reenvía al interior de una existencia auténtica,
nos enseña a hacernos realmente presentes:
a ver en cada fragmento el infinito,
a oír el oleaje de la eternidad en cada sonido,
a tocar lo impalpable con los gestos más simples,
a saborear el espléndido banquete de lo frugal y escaso,
a embriagarnos con el perfume de la flor siempre nueva
del instante".





Acabó el libro
y lo volvió a empezar.



viernes, 30 de junio de 2017

Tenerlo todo y no tener nada que perder.






Gigantes masas de nubes protectoras, claras, luminosas.
Anoche, la luna creciente. Como una línea preñada de futuro, y de presente.

En la niñez, pudo asistir a una gran lección sobre la impermanencia y la muerte.
Y ello tuvo dos marcadas consecuencias:
Por una parte, desde entonces hizo suyo aquel lema sobre "quien nada tiene, nada puede perder".
Y lo vivía desde la libertad y no desde la amargura.
Por otra parte, cada vez que se descubría en un momento de alegría o plenitud, automáticamente recordaba que en ese preciso instante (esa precisa experiencia) ya estaba muriendo.
Nada podía ser retenido, todo estaba en proceso de mutación.
Lo reconocía sin amargura. Con desapego, soltando.
No la cogería por sorpresa.


Así fue hasta aquel día, en medio de una clase en la universidad.
Aquí y ahora una vida gestándose dentro.
Nada que hacer, la vida sabe, el cuerpo sabe.
La voz de aquel profesor como un idioma extraterrestre y lejano, hablando de temas lejanos.
Miraba la luz por la ventana, respiraba el aire como un milagro y contemplaba la vida dentro.
Y la vida fuera.
La vida.
Y por una vez no pensó en la muerte, esto ya está acabando.
Pensó en la vida, esta vida cargada de presente, y de futuro.

Y esta profunda dicha no está muriendo sino que está empezando a nacer.




Y así fue como soltó su viejo mantra, "quien nada tiene nada puede perder".
Y empezó a darle la bienvenida a cualquier cosa que llegara a su vida.
Porque ella no iba a ser su presa ni su esclava.
La clave estaba en no dejarse poseer.
Disfrutar libremente y reconocer el libre itinerario de los objetos, personas o situaciones que pasan por el sueño.




Su padre la hizo fuerte para afrontar la muerte.
Su hijo la hizo fuerte para afrontar la vida.

La marcha de su padre, cuando era niña, la ayudó a comprender la gran lección sobre la impermanencia y la muerte.
La llegada de su hijo le enseñó a amar la vida, la entrega, la alegría y la plenitud. Sin miedo.

Su hijo llegó a su vida para derrotar todos los miedos y darle permiso a la alegría que acepta la vida y la muerte.
Le enseñó a aceptar los regalos de la vida.

Porque puedes tenerlo todo y no tener nada que perder.





domingo, 18 de junio de 2017

Entenza.







Salió del metro al llegar a la parada que le habían indicado. Tomó una salida por azar. Y apareció frente a esa estación del bicing donde tantas veces se había parado a pasar la tarjeta por la pantalla para solicitar una bicicleta. Y a veces tampoco ahí la conseguía y le daba igual. Seguiría bajando la calle camino a la próxima estación, camino de casa. Nunca se fijó en que estaba esa parada de metro justo ahí delante. Así que al salir ahora de los intestinos de la ciudad y encontrar al otro lado de la calle esa barra negra con las bicicletas ancladas, volvió a aparecer esa experiencia de paz, alegría y plenitud que solía sentir al pasar por ahí, justo ahí, tantas veces.

Salía del centro de meditación donde había trabajado tantas horas, como cada día, y había participado de las enseñanzas, las meditaciones, el espíritu de la sangha, y al llegar la noche, cuando el centro se vaciaba, ella aún se quedaba allí unos minutos más para acabar de recoger, subir la clase grabada a la "nube" de internet, apagar luces, cerrar conexiones y aires acondicionados, bajar la persiana y cerrar con llave el candado. Y echaba a andar en busca de una bicicleta en alguna estación.

Pasaban de las 11, después de seis horas de intensa actividad (con el frío del invierno o el aire fresco del verano) y ni se planteaba buscar un metro o un autobús de vuelta a casa. Aún bajo la influencia de tantas "bendiciones", tocada por la mano de Dios, tenía que caminar por las calles, sentir el aire en el rostro, respirarlo, no importa cuántas estaciones del bicing tuviera que recorrer para encontrar una disponible, escasas a esas horas de la noche y a punto de cerrar el servicio.

A veces sonaba el móvil (después de varias horas de desconexión) y su amiga le contaba algún problema urgente y dramático, pero en esos momentos la escuchaba con serenidad y fortaleza, y el drama no la secuestraba. Al contrario, podía ver claramente cómo se iba disolviendo la hipnosis hasta desaparecer.

Todo eso volvió a emerger repentinamente, cuando salió del metro (esa parada desconocida) y apareció ese escenario tan familiar.

Emergió una lluvia de bendiciones,
el fresco de la noche (aunque ahora era una hora de sol hiriente de verano),
la libertad.
La alegría.
La plenitud. Tan serena.







jueves, 8 de junio de 2017

De retiro.







El maestro Linji dijo:
Hay peregrinos que suben al monte Wutai para encontrar a Manjusri. Eso es un error.

No tienes que ir a Wutai Shan para encontrar a Manjusri, dice Thich Nhat Hanh.
¿Crees que sólo está allí, y no en otras montañas, como el monte Putuo,
porque Putuo es la casa de Avalokiteshvara?
¿Y que en el monte Emei sólo se encuentra el bodisatva Samantabadra?

No necesitas gastarte tu dinero en un billete de avión, alquilar un coche en el aeropuerto y conducir muchas horas para poder llegar al monte Wutai y buscar a Manjusri.
Si quieres conocer a Manjusri, basta con que mires lo que tienes delante de tus ojos.
Si no lo reconoces aquí, no lo vas a encontrar en ninguna parte.




A ella le gusta cuando se siente en su casa como en un retiro.
En su santuario particular.
Le gustan sus desayunos, como la primera ofrenda del despertar.
El silencio en su gompa privada,
el aire que se cuela por la ventana de la galería,
la luz abundante,
los aromas a su paso,
la nevera llena de frutas y otras anticipaciones.
El futón a la sombra, cuando el altar principal está ocupado por el sol de la tarde.
Le gusta fregar los cacharros, limpiar la cocina no muy sucia,
perfumar el suelo y el aire.
Los palitos difusores, de olor a nardo y jazmín.
Le gusta el verano (cuando es verano).
Y en el invierno, le gusta el invierno.
Le gusta la confianza, que llena su vida de amor.
Y el amor, que llena su vida de confianza. Que es lo contrario del miedo.
Le gusta su zafu, que le regaló su amigo, tan significativo,
y la silla sueca, cuando le molestan las lumbares.
Y el piano que ya no toca.
Le gusta, como un arrebato, como un secuestro místico, la voz de las gaviotas, a las 12 de la noche, a las 7 de la mañana o al atardecer.
Le gusta oír la voz del mensajero al otro lado del interfono, abrir el sobre, encontrar nuevos libros como cofres llenos de tesoros.




Le gusta vivir como en un retiro, en casa.
Con sus aromas, sus ágapes y celebraciones, siestas, estiramientos, lecturas,
meditaciones formales
y la vida como una meditación.

A veces coge la bicicleta y se da un baño en el mar,
o sale a comprar comida,
o al cine,
o pasea por la montaña,
o se reúne con la sangha para meditar,
o queda con alguien para compartir.
Pero nada de esto rompe su retiro
personal,
en su gompa sagrada
de meditación.





No tiene que coger el avión y peregrinar a Wutai
para encontrar a Manjusri.

No tiene que recorrer el mundo para sentirse viva.

Sin amor -dijo una vez- el lugar más paradisíaco podría ser un infierno.
Sólo el amor puede llenar mi vida de significado.
Ninguna otra cosa puede hacerme comprender, y despertar.

Y para encontrarlo, no necesita ir a Wutai, ni a Putuo, ni al monte Emei.
Si no lo encuentra aquí mismo, no lo va a reconocer en ninguna parte.

Le gustan los retiros en su propio santuario personal, sin salir de casa.




martes, 6 de junio de 2017

Los tres sellos del dharma.






La meditación guiada versaba sobre la impermanencia.
Y la ayoicidad.
Y el nirvana.
Los tres sellos del dharma.


Generalmente, solemos contemplar la impermanencia cuando algo desaparece de nuestras vidas.
Ahí es fácil.
O incluso cuando algo aparece (ya sea a nuestro gusto o disgusto).

Pero a ella también le gustaba contemplar la impermanencia en la calma.
Cuando parece que reina la quietud. Y no pasa nada. Esa hipnosis.
A ella le gustaba poner la atención en la gestación invisible.
La vida preñada.
Antes o después tendría lugar un nuevo parto.
Le gustaba contemplarlo antes de nacer, aun antes de las señales.
Desarrollar la visión como se desarrolla un músculo.

Le gustaba contemplar la impermanencia en la aparente permanencia,
cuando meditaba
o en las larguísimas sobremesas del desayuno.





Por otra parte, tenía la rutina de escribir.
Escribía en su cuaderno a diario, sobre las (aparentes) idas y venidas que tenían lugar a lo largo del día; situaciones externas, personas, emociones...
Al principio de la libreta, solía dejar varias hojas en blanco, que se irían ocupando con el paso del tiempo, con una especie de índice que iba recogiendo los acontecimientos importantes, las revelaciones.
Y resultaba fascinante.
Contemplar cómo el índice iba tomando cuerpo a partir de los acontecimientos de la vida.

Descubrir cómo cada deseo (sensación temporal de carencia) o miedo se acababa materializando en el guión de su vida.
Cómo iban apareciendo personas y situaciones que respondían a las experiencias previas, de carencia, deseo, exploración...
La propia mente generando las situaciones que necesita explorar en cada momento.
Para darle la oportunidad de descubrir que no siempre era lo que realmente precisaba en su vida.




La mente creando, o la vida creando, cuando descubre que no hay un yo separado (la ayoicidad).
Fascinante revelación de la impermanencia, el karma en acción, el interser.
La ayoicidad.

Le puedes llamar nirvana. O samsara.
Pero todo está aquí.
Los tres sellos del dharma.
Que quizás son cuatro.
O uno solo.

La ligereza de fluir.
Y disolverse.
Como agua vertida en agua.




miércoles, 31 de mayo de 2017

Todo está en mí.








Este cuerpo. Frágil. Pero aún funciona.
Aún cabalgando este cuerpo.
Desde este cuerpo, contempla el paisaje que aparece.
Esta tarde gris, de un día lluvioso, de un cielo cubierto que comienza a abrirse al acercarse la noche.
Gris y naranja y violeta y celeste.
El templo del Tibidabo se ilumina.
Como cuando era el final de la larga sadhana, después del viaje como una peregrinación, y al final del camino, evocando la hora auspiciosa en que la conciencia rompe su cordón umbilical con este cuerpo, entonces la iglesia se iluminaba. Esa confluencia. Como una promesa. Auspiciosa.

Pero aún cabalgando este cuerpo, como un mirador privilegiado.
Contemplando el paisaje.
Este atardecer de nubes y claros.
La iglesia, como una antorcha encendida, coronando la montaña.
Los sonidos del atardecer, las gaviotas.
La quietud de su santuario solitario.
Los aromas.
A jazmín en el tatami; tomillo y romero de Collserola al otro lado de la puerta, sobre la mesa de trabajo, flotando en el aire de trabajo.





Hubo una vez que apareció Vajrayoguini.
Se quedó un tiempo, y luego desapareció.
Y ella se sintió en el descanso apacible.
No la echa de menos. Y tampoco la evita.
Convencida de que la vida sabe.
A veces desearía conectar con la Vida, para comprender ella también, para ver con claridad, superada esta miopía.
Y no perderse en deseos equivocados, en entretenimientos eternos.
Volver a hacer el amor con la vida, cuando mueres y te disuelves en un gozo infinito.

Pasaron meses, quizás años, sintiéndola en su vida sin forma antes de que el cuerpo se uniera, como una catapulta. Luego, el cuerpo la abandonó.
Se pregunta por qué crea lo que crea,
y suelta lo que suelta,
y retiene lo que retiene.

Dice: La vida sabe.
Y se entrega.





A veces es como la vida, inabarcable.
Y a veces como un bebé despertando al mundo.
Un bebé vulnerable con superpoderes para sobrevivir en las más duras condiciones.
Y a veces, como una vieja cansada.

A la hora de la metáfora meteorológica,
para describir el estado emocional, o de presencia,
en el encuentro con la sangha,
ella suele sentir que brilla el sol
pero también hay nubes,
y viento, y tormentas,
y brisa acariciadora, refrescante,
y lluvia y frío,
y también desierto y lagos y vegetación,
un oasis de abundancia.
Todo está en mí, piensa.
Todas las estaciones, todos los paisajes,
calmas y tormentas, la serenidad y la desesperación.

Todo está dentro de mí
y en el paisaje que contemplo.

Y ni el amor ni el miedo me son ajenos.





sábado, 27 de mayo de 2017

Las aguas revueltas.






A veces, las aguas están serenas y apacibles,
quietas como un lago en el que no sopla ni la más ligera brisa,
como un espejo plateado que lo refleja todo.
No es que no ocurran cosas externamente,
que tienen lugar de forma imparable,
pero la mente serena, imperturbable, las contempla,
las vive, las toma, se las traga,
y las refleja como un espejo, tal como son.

A veces se plantea la pregunta de los viernes en la sangha, la de la metáfora emocional,
y se siente como un espejo.
La quietud de un lago apacible, inmutable.

Y a veces contempla las aguas revueltas. Y qué realización!
Lo ve tan claro!...




Cuando la experiencia está serena, apacible y gozosa,
el agua aparece clara y limpia. ¡Otra alucinación!
Lo comprendes cuando las aguas (de la mente) están revueltas.
Cuando aparece alguien, o tienes que convivir con una situación, que te altera,
cuando las aguas de tu vivencia (tus sensaciones, tu percepción) están removidas
y ya no reflejan las cosas como son, sino distorsionadas.

Las aguas revueltas (cada vez que te sientes alterada, herida, sufriendo, aunque sea una nimiedad)
tienen la maravillosa función de sacar a flote la basura depositada en el fondo.
Te las presenta a la vista, los nudos no resueltos, las heridas no curadas,
de cualquiera de tus yos.
Te las devuelve a la superficie para que las veas, las comprendas y las resuelvas.

Ahí están:
Mira la rabia, la frustración, la dependencia de la opinión ajena, la madre herida,
mira la tendencia al control, la inseguridad, el miedo al futuro, mira...
Ahí están, todavía, las pataletas de tus yos que aún te crees.

Las aguas revueltas te ayudan a descubrir, a comprender, a hacer limpieza.
Son la mejor cura de humildad, de conexión, empatía y compasión.

Mientras dure esta experiencia humana.





lunes, 8 de mayo de 2017

Las seis condiciones para la concentración en la meditación formal.





En budismo se le llama "meditación informal".
Es una forma de vivir, consciente, con atención, despierta.
"El arte de vivir despiert@", dice Thich Nhat Hanh.
Desde el amor y la compasión.
Desde la aceptación y la relatividad que te ofrece tu experiencia de la vacuidad, aquélla que poseas.
"Más dharma y menos drama".


La meditación informal es una forma de vivir la vida cotidiana.
Pero, ¿y la meditación formal?

También la llaman "sentarse".
En un cojín, en una silla, en el césped, en la tierra de la montaña o en la arena de la playa.
Aunque la posición es lo de menos, también te puedes acostar, si las circunstancias lo requieren.
El caso es parar.
Parar. Y soltar.
Y entregarse a la meditación formal.
Desde la quietud y el silencio interior.
También la llaman contemplación.
Porque "el observador" contempla todo lo que aparece (sonidos externos e internos, pensamientos, olores) sin dejarse llevar por ellos, como nubes en el cielo que aparecen, pasan y desaparecen.
Sin deseo ni aversión. Con ecuanimidad.
Es la experiencia de la meditación formal.

En budismo se habla de las diferentes "absorciones meditativas" o "permanencias mentales", como niveles de concentración. Como un mapa que toma nota del camino de la concentración.
Y desde el principio se habla del disfrute de soltar, de la alegría, desde la primera absorción meditativa, mucho antes de llegar a la "permanencia apacible" (novena absorción) o el "camino de no más aprendizaje".

La concentración de la meditación formal es un disfrute en sí mismo, como la concentración (el fluir) en cualquier actividad que te absorba hasta desaparecer.





Ella aún recuerda, en el centro budista donde le tocaba ocuparse de la recepción, las inscripciones en los diferentes cursos de meditación, atender las llamadas, responder los emails, cuadrar las cuentas, preparar el té y las pastitas, barrer el suelo, fregar los cristales de la puerta y los lavabos, asegurarse de que la gompa de meditación estaba a punto, la temperatura justa, el sonido del equipo, la grabación preparada... Y entonces sonaba el teléfono y el maestro la llamaba desde un embotellamiento de tráfico: "No llego, tendrás que hacer tú la meditación." Claro.
Entonces ella cogía el libro o el cd y repasaba la meditación que correspondía al día de hoy, y entraba en la sala y se sentaba en "el trono". Cuando ya todo había sido soltado.
Y sonreía.

Esto es lo que me gustaría transmitiros -decía-, esta alegría de soltar.
El entusiasmo del viaje.
Soltarlo todo y entrar en este viaje interior lleno de sorpresas.
Soltarlo todo.
La ligereza, la liberación.
Esa alegría profunda que precede a la meditación.
Esa entrega al disfrute de la concentración.





En su comentario sobre la diligencia correcta (del Noble Óctuple Sendero), en su libro "El corazón de las enseñanzas de Buda", el monje zen vietnamita Thich Nhat Hanh insiste en que la práctica ha de ser gozosa. Incluso en las dificultades o cuando no se cumplen las expectativas, debemos proteger la alegría de estar en el camino.
Quizás el problema es que no soltaste las expectativas en el previo "soltar".

Y Ayya Khema no se cansaba de repetirlo en su retiro sobre las absorciones meditativas, recogido en su libro "¿Quién es mi yo?".
"Una mente alegre o gozosa es un requisito necesario, sin ella es imposible meditar".
"Si no tenemos esta alegría, especialmente en nuestra práctica espiritual, la meditación quedará relegada a un lado cada vez que creamos tener algo más importante que hacer".
"Sin alegría no hay concentración".
"Sólo podremos concentrarnos si la mente está gozosa".
Y así una y otra vez.




Pero para que esto sea posible has de cuidar bien de las seis preparaciones o condiciones necesarias en el proceso previo a meditar y entre sesiones. (Según el "Camino gozoso de buena fortuna", de Geshe Kelsang Gyatso).

1. Encontrar un lugar adecuado para la meditación.
2. Tener pocos deseos.
3. Permanecer satisfech@.
4. Evitar actividades que causen distracciones
5. Mantener una disciplina moral.
6. Evitar pensamientos que causen distracciones.





A ella le importaba que su vida diaria fuera la "meditación informal" de vivir consciente, el arte de vivir despierta.
Y, al mismo tiempo, que fuera como la preparación para la meditación formal.
Ausencia de deseos, vivir satisfecha, evitar actividades que te distraigan y pensamientos conflictivos, discursivos, excesivamente estimulantes o desalentadores.

Y el hecho es que era lo mismo.
Las preparaciones para la meditación formal no eran otra cosa que vivir consciente, con atención, el arte de vivir despierta.

Vivir cada día, cada instante, como una oración.

Y meditar como un viaje apasionante.

La entrega y la confianza,
en la meditación formal.
Y en la meditación informal.






miércoles, 3 de mayo de 2017

Los ocho extremos.







Miércoles, 3.5. Y mayo avanza. O lo parece. Que esa mera designación existe. ¿Existe "mayo", más allá de un mero nombre? Es obvio que no existe, inherentemente, y sin embargo funciona, para entendernos, para organizarnos.
Pero sólo funciona porque es un acuerdo establecido que compartimos. Si nos comunicamos con una persona que no sabe qué es "mayo", alguien que interpreta el mundo (la vida o el tiempo) de otra manera, por ejemplo en base a los cultivos, o la luna, o el sol, o las mareas, o las lluvias... En ese caso, el concepto "mayo" no serviría de nada. No funciona. No existe.

Quizás con "mayo" es fácil verlo. Pero si hablamos del tiempo como "mera designación", puede que nos resulte un poco más difícil. Parece que existe en sí mismo. Por las señales del paso del tiempo, en el cuerpo, en el paisaje, en las situaciones. Como ir y venir, todo nace y muere, lo individual y lo colectivo.
Y si hablamos del cuerpo mismo, o del "yo" personal, quizás aún nos resulte más difícil considerar que no existen tal como los concebimos, tan "reales". Considerar, por ejemplo, que son meras conceptualizaciones que dan lugar a entes que nos parecen objetivamente reales, como "mayo", y que, sin embargo, sus fundamentos son simples creencias compartidas, acuerdos culturales.

¿Parece un despropósito?
Para entenderlo mejor, el budismo nos habla de la vacuidad de "los ocho extremos".






"Las nubes aparecen cuando se reúnen las causas y condiciones atmosféricas apropiadas y sin éstas no pueden formarse. Lo mismo ocurre con las montañas, los planetas, los cuerpos, las mentes y todos los demás fenómenos producidos. Debido a que dependen de factores externos a ellos mismos para existir, se dice que son vacíos de existencia inherente o independiente y no son más que meras designaciones de la mente.
Son nuestras mentes conceptuales de la ignorancia del aferramiento propio las que se aferran a ellos como si existieran por su propio lado. Estas concepciones se aferran a los ocho extremos:
la producción, la cesación,
la impermanencia, la permanencia,
el ir, el venir,
la singularidad y la pluralidad."

(Budismo Moderno. Gueshe Kelsang Gyatso)






El extremo de nacer y el extremo de morir.

Desde el punto de vista budista, tanto creer en el nacimiento como creer en la muerte (la producción y la cesación) son consideradas percepciones equivocadas, "extremos" vacíos en sí mismos.

Todos los objetos que percibimos cuando soñamos son el resultado de la maduración de potenciales kármicos en nuestra mente, y no existen fuera de ella. Del mismo modo, las apariencias que tenemos en nuestra vida de vigilia no son más que la maduración de impresiones kármicas en nuestra mente.
Cuando hayamos comprendido que los objetos funcionales surgen a partir de sus causas y condiciones, externas o internas, y que carecen de existencia independiente, con sólo percibir la producción (el nacimiento) de los fenómenos o pensar en ella, recordaremos su vacuidad.
Entonces, en lugar de aumentar nuestra sensación de solidez y objetividad de los fenómenos funcionales (mi cuerpo, mi yo, el de los demás, las situaciones...) comenzaremos a percibirlos como manifestaciones de su vacuidad, con una existencia tan poco concreta como un arco iris que surge del cielo vacío.

Y al igual que la producción o nacimiento depende de causas y condiciones, su cesación o muerte también lo hace. Ni la producción ni la cesación tienen existencia verdadera.
Si comprendemos que tanto nuestros objetos de apego como los objetos de aversión, así como su cesación, carecen de existencia verdadera, no habrá motivos para sufrir cuando parece que aparece lo que no deseamos, o perdemos (cesa) lo que sí queremos en nuestra vida.





El extremo de la impermanencia y el extremo de la permanencia.

Todos los objetos funcionales, como nuestro entorno, disfrutes, cuerpo, mente y el yo, cambian momento a momento. Son impermanentes en el sentido de que dejan de existir en el segundo momento, aunque no lo advirtamos (impermanencia sutil).
Cuando comprendemos la impermanencia sutil, es decir, que nuestro cuerpo, nuestra mente, el yo, etc, dejan de existir a cada momento, nos resultará fácil entender que son vacíos de existencia inherente.
Incluso cualquier fenómeno permanente, como la vacuidad misma, depende de sus partes, de sus bases de designación (la forma que aparece) y de las mentes que los designan, y por lo tanto no existe independientemente.
Al igual que una moneda de oro no existe separada del metal del que está hecha, las vacuidad de nuestro cuerpo tampoco existe separada de él porque es simplemente su ausencia de existencia inherente.





El extremo del ir y el extremo del venir.

A dónde crees que vas?

Cuando vamos a algún lugar pensamos "voy", y nos aferramos a la acción de ir como si fuera real. Del mismo modo, cuando alguien nos visita pensamos "viene". Estas dos concepciones son formas de aferramiento propio además de percepciones erróneas. Porque el ir y el venir de las personas (o las situaciones) es como la aparición y desaparición de un arco iris en el cielo. Cuando se reúnen las causas y condiciones para que aparezca un arco iris, éste aparece, y cuando cesan las causas y condiciones para que continúe, desaparece. No obstante, el arco iris no viene de ningún sitio ni se va a ningún lugar.






El extremo de la singularidad y el extremo de la pluralidad.

Cuando observamos un objeto, como el yo o el cuerpo, sentimos con intensidad que es una entidad singular e indivisible, y que su singularidad tiene existencia inherente. Sin embargo, en realidad el yo tiene muchas partes (como la que observa, la que camina, la que piensa, o la que es una maestra, una hija, una madre, una amiga...). El yo es designado sobre el conjunto de todas estas partes. Y lo mismo ocurre con el cuerpo.
Cada fenómeno en particular es una singularidad, pero ésta no es más que una simple designación, al igual que un ejército es meramente designado sobre la base de un grupo de soldados, o un bosque lo es sobre la base de un grupo de árboles.

Y cuando percibimos varios objetos, pensamos que su pluralidad también tiene existencia independiente. No obstante, al igual que la singularidad, la pluralidad no es más que una mera designación de la mente. Por ejemplo, en lugar de percibir varios soldados o árboles de manera individual, podríamos considerarlos como un ejército o un bosque, es decir, como un todo o grupo singular, en cuyo caso estaríamos percibiendo una singularidad en lugar de una pluralidad.

Tanto la singularidad como la pluralidad no son más que meras designaciones de la mente conceptual y carecen de existencia verdadera.

Normalmente tendemos a generalizar y exagerar los defectos o cualidades de ciertas personas para aumentar nuestro odio o apego a colectivos más amplios sobre la base de, por ejemplo, su raza, religión o país de origen.
Contemplar la vacuidad de la singularidad y de la pluralidad nos puede servir de ayuda para reducir este tipo de apego u odio (racista, sexista, etc.)



Mientras nos aferremos a los ocho extremos, estaremos estabilizando la ignorancia que nos mantiene en el ciclo del sufrimiento.
Cuando la eliminemos de manera permanente (por medio de la meditación en los ocho extremos y en la vacuidad de todos los fenómenos),
todo nuestro sufrimiento cesará para siempre
y realizaremos el verdadero significado de nuestra vida.


(Extraído del libro "Budismo Moderno". Gueshe Kelsang Gyatso)